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Organización de la revolución paceña del 16 de Julio

Los conjurados paceños, que mantenían su espíritu de lucha y su acción proselitista desde la fracasada revolución de 1805, no habían desmayado en sus propósitos subversores, ni abandonado la realización de sus ideales para alcanzar la independencia. Fijaron la festividad de la Virgen del Carmen de 1809 para llevar a efecto la insurrección.

Como todos los años, la procesión de la Virgen del Carmen se inició en el templo de Santa Teresa, prosiguió por la calle del Seminario, la Plaza de Armas (plaza Murillo), Santo Domingo y llegó hasta la cuesta de las Concebidas. El regreso de la procesión se hizo por la calle del Comercio, la Plaza de Armas, la calle de La Merced, la Plazuela de La Merced y la calle Santa Teresa, terminando en el templo del mismo nombre, relató el historiador Gustavo Adolfo Otero.

Concurrió el obispo Remigio de La Santa, el Cabildo Eclesiástico, el Cabildo Municipal, el Gobernador Intendente, don Tadeo Dávila y el Jefe de las Milicias Reales, don Diego Quint. Asistieron también las milicias, las hermandades, los gremios, las congregaciones religiosas y el pueblo en general.

Aunque la procesión fue aparentemente normal, la ciudadanía en pleno era partícipe del plan revolucionario. Un grupo encabezado por Murillo debía avanzar del sitio denominado la Piedra de la Paciencia a la Plaza de Armas, para tomar el Cuartel de Milicias, mientras otro se reunía encabezado por Mariano Graneros en el billar del revolucionario, preparándose para el ataque a la hora fijada.

Concluido el paseo de la Virgen y retirado todo el mundo a sus hogares a las siete y media de la noche, Murillo y Graneros, acompañados por los conjurados con la ayuda anticipada del español Pedro Indaburo, se apoderaron del Cuartel de Milicias, desarmaron a la guardia y arrestaron a los capitanes, apoderándose del comando de las armas de fuego de la ciudad. La turba enardecida hizo prisionero al gobernador Tadeo Dávila y exigió la renuncia del obispo Remigio La Santa, acusando a ambos de estar al servicio de Carlota de Portugal. A la hora de la cita, cuando se escuchó el llamado de arrebato, acudió a la plaza todo el pueblo, que lleno de entusiasmo patriótico pidió un cabildo abierto.

El director de la jornada fue Pedro Domingo Murillo, quien asumió la Comandancia de Armas y fueron elegidos representantes del pueblo por aclamación Gregorio García Lanza, Juan Basilio Catacora y Buenaventura Bueno.

El Cabildo fue el instrumento popular con el cual se operó la revolución de las multitudes paceñas, en el Cabildo el pueblo mandaba. Esa noche no fue necesario discutir; los viejos regidores se dejaron arrastrar por el ímpetu popular, limitándose a dar su asentimiento a las aclamaciones. La palabra de orden del Alcalde de Primer Voto era “concedido” o “como se pide”.

De ese modo se destituyó al Gobernador Dávila y al obispo La Santa, quienes tramitaron la farsa de unas renuncias vagas. Luego las peticiones de organización administrativa solicitadas por el pueblo también fueron otorgadas por el Cabildo, como los nombramientos de Ministros de la Real Hacienda, Administrador de Correos y demás. Hacia la madrugada se iniciaron las peticiones de orden político: la supresión del monopolio del carbón, de la sal, jergas, la publicación de un bando notificando la entrega de las armas, el juramento de los españoles para pactar la hermandad con los americanos y, finalmente, el pueblo pidió la consideración de un Plan de Gobierno y la organización de la Junta Tuitiva.

Primer gobierno libre de Hispanoamérica. Uno de los hechos más importantes de la Revolución fue la conformación de la Junta Nacional Representativa de Tuición, también conocida como Junta Tuitiva, organismo integrado fundamentalmente por abogados y sacerdotes y que en los hechos fue el primer gobierno independiente del continente. Los historiadores coinciden en que los integrantes de la Junta eran personalidades extraordinarias por su inteligencia, capacidad y valentía. “La cultura de los hombres de la Junta se revela por el panorama de su visión política. Todos eran personalidades de valor no sólo cimero en relación al medio, sino desde el punto de vista continental. La mayoría de ellos eran abogados y teólogos, doctores muchos de ellos como los sacerdotes Melchor León de la Barra y José Antonio Medina”, señaló Gustavo Adolfo Otero.

La presidencia de la Junta Nacional Representativa de Tuición fue confiada a Pedro Domingo Murillo. Los otros integrantes eran: Gregorio García Lanza, Sebastián Arrieta, Juan de la Cruz Monje, Melchor León de la Barra, José Antonio Medina, Juan Manuel Mercado, Francisco Xavier Iturri Patiño, Juan Basilio Catacora, Buenaventura Bueno, José María de los Santos Rubio, Francisco Diego de Palacios, Sebastián Aparicio y como escribano, se nombró a Juan Manuel Cáceres.

Es necesario establecer las analogías y diferencias de la Junta Tuitiva con las Juntas que en España se habían impuesto esos días. La agitación política y administrativa en la que vivió España desde mediados de 1808, llevó a la conformación de Juntas que asumieron los roles del gobierno. Las Juntas de España constituían un régimen de gobierno nuevo, concentraban el popular supremo, encarnado en la soberanía de la ciudadanía. La diferencia por tanto de la Junta Tuitiva con las Juntas españolas era que ésas funcionaban solas, mientras que la Junta Tuitiva de La Paz era un organismo complementario del Cabildo, que a su vez tenía funciones representativas y populares.

La Junta asumió funciones gubernativas para la regulación y gerencia de la administración pública, dividió sus atribuciones en varios ministerios integrados por las ramas de Gobierno, Guerra, Gracia y Justicia, Culto y Hacienda. Los actos de cada uno de estos despachos debían resolverse por el pleno de la Junta.

Entre sus decisiones, la Junta determinó que se reuniría al Congreso Representativo y Tuitivo de los derechos del pueblo, un indio de cada partido (provincia) de las seis subdelegaciones que forman La Paz. Asimismo, en su Plan de Gobierno, tomó importantes medidas económicas como la suspensión del envío de dinero a Buenos Aires y la supresión de alcabalas para los indígenas. Parte de la estrategia de la Junta para lograr el éxito de la Revolución, era atraer la acción de los Cabildos del Perú y lograr una acción conjunta de los pueblos, para lo que envió emisarios a ciudades vecinas y uno a cada partido. Pero resultó poco fructífero por lo temprano de la insurrección.

Entre las primeras medidas de la Junta estuvo la convocatoria al pueblo para que se aliste en la milicia ciudadana. La respuesta fue inmediata. “El entusiasmo público no conocía límites. Todas las clases sociales gremios e individuos de todas las profesiones y empleos se alistaron en el ejército. Algunos llegaron a comprar sus plazas con donativos respetables. Vicente Medina se comprometió a vestir una compañía a cambio de que le hicieran capitán de ella. Los jóvenes solicitaron ser admitidos como cadetes para habilitarse como oficiales. Así llegó a contarse con 9 compañías de infantería, 2 de caballería, 2 de artillería, 8 compañías urbanas (se refiere a la vigilancia policial), otras de empleados, pardos y morenos, además de contingentes de indios”, refirió Manuel María Pinto.

Pero las nuevas milicias carecían de instrucción militar, no tenían uniformes, no sabían manejar el armamento que era escaso o estaba dañado.

La Proclama. La Proclama de la Revolución paceña de 1809 es uno de los documentos más hermosos de la historia americana. Por su belleza y precisión, la Proclama tiene fama a nivel continental, es invocada en infinidad de textos y epígrafe de las más de cuarenta ediciones del libro Las venas abiertas de América Latina del escritor Eduardo Galeano.

Actualmente se conocen cinco versiones de la Proclama que presentan entre sí algunas variantes, una de las cuales fue objeto de una controversia el año 1997, cuando el psicólogo Javier Mendoza publicó su libro La mesa coja, en que probó que las firmas de una de las versiones eran fraguadas. El libro fue rebatido por varios autores por la idea equívoca de negar que hubiese existido la Proclama en la Revolución paceña, ya que existen pruebas documentales y en las declaraciones de los procesados, de que el documento corresponde efectivamente a esta gesta libertaria.

Javier Mendoza, quien hizo su investigación basándose en fichas de su padre, Gunnar Mendoza, hace afirmaciones, como que la Proclama no existió, contradictoriamente, que en realidad fue redactada por los doctores de Charcas y también señala que al no contener la Proclama, la palabra “independencia”, la Revolución no buscaba independizar a las colonias.

Textualmente dice: “Si se quita la Proclama de la Junta Tuitiva de la historia del 16 de julio, el contrasentido historiográfico desaparece inmediatamente y queda claro que durante las diez semanas que estuvo en vigencia, la Junta nunca emitió un documento, proclama u oficio, en que se cuestionara la autoridad de la corona española, sino más bien juró defenderla”.

Las argumentaciones de Mendoza fueron rebatidas por el historiador José Luis Roca en su libro 1809 La revolución de la Audiencia de Charcas en Chuquisaca y en La Paz. Como prueba fehaciente de que la Proclama fue difundida por la Junta Tuitiva, Roca citó las declaraciones de los procesados como del Asesor del cabildo doctor Manuel Oza quien dijo: “Habían dado a luz (los procesados) un papel que lo menos malo, si cabe decirse que contenía, era tratar de usurpadores de estos dominios a nuestros católicos monarcas de tres siglos a esta parte, o incitar a los insensatos a sacudir el yugo que llamaban, reduciéndolos a la independencia”, mencionando literalmente palabras de la Proclama.

Según Roca: “El problema, a mi juicio delicado que ha surgido con este libro, es que su autor no aclara, como debió hacerlo en la introducción, que lo apócrifo (falso) no es la proclama que está en la plaza paceña, (pues existió en cinco versiones con variantes de distinto grado, y que figuran en La mesa coja), sino las firmas que ahora aparecen al pie de ella. Esto ha creado gran confusión, pues el libro transmite el mensaje equívoco, de que jamás hubo tal proclama, y que los escritores paceños han falsificado totalmente la historia de la revolución”. Finalmente, Roca explicó que Murillo y sus compañeros fueron sacrificados por buscar la independencia y por todo lo que escribieron, que no sólo fue la Proclama, sino manifiestos, cartas, apologías, el Plan de Gobierno y muchos otros documentos que fueron usados como material incriminatorio.

En el mismo sentido, el escritor Carlos Salazar Mostajo respondió a Mendoza sobre la presunta “inexistencia” de la Proclama, señalando que hay más que suficientes pruebas de que ésta circuló aquellos días y no sólo en La Paz, sino también en otras poblaciones. Entre esas pruebas, refiere una carta que Bernardo Monteagudo escribió a José Antonio Medina sobre una de sus proclamas: “La que usted me remite está muy enérgica y elocuente; muchos van sacando copias para remitirlas a diversos lugares”.

La Apología. Entre los documentos importantes de la Revolución paceña figura uno poco difundido, que muestra similar audacia y belleza que la Proclama, y merece ser resaltado en la historia de 1809, se denomina Apología de la conducta de la ciudad de La Paz, la que hace un llamado a que el pueblo americano siga los pasos de La Paz.

Este manuscrito fue encontrado por los realistas en manos del padre Sebastián Figueroa Buitrón, por lo que se creyó inicialmente que él era el autor, aunque lo más probable es que proceda de la pluma de José Antonio de Medina, a quien también se atribuye la autoría de la Proclama.


El Plan de Gobierno o primer Estatuto Constitucional

La proclama del 22 de julio de 1809 o Plan de Gobierno de la Junta Tuitiva, es considerada como el primer Estatuto Constitucional de Hispanoamérica comprende medidas progresivas: supresión de impuestos a los indígenas y su inclusión.

El 22 de julio de 1809, el Cabildo de La Paz hizo suya la propuesta de los representantes del pueblo, Gregorio Lanza, Juan Basilio Catacora y Buenaventura Bueno, entre otros, y la efectivizó en el denominado Plan de Gobierno.

A decir del historiador José Luis Roca, el Plan “demuestra que la Revolución Paceña fue mucho más que una controvertida proclama, que tuvo un norte bien definido y que sus líderes se empeñaron en una transformación de la sociedad política. El Plan de Gobierno impresiona por la riqueza de su contenido, la versación intelectual de su autor o autores y por el coraje con que se hacen los planteamientos ante el Cabildo”. Entre sus principales medidas figuran la supresión de envío de dinero a Buenos Aires, la eliminación de alcabalas con que eran gravados los indígenas y la inclusión de un representante originario en el gobierno.

El texto completo del documento cuyo original se encuentra en el Archivo de la Nación de Buenos Aires fue una de las principales pruebas en el juicio contra los revolucionarios.

La Revolución paceña dio voz y voto a los indígenas

Desde el inicio de la Colonia los indígenas sufrieron la codicia de los españoles, los que además de imponer instituciones como la encomienda y la mita para sostener el aparato colonial, instauraron el tributo establecido para el rey.

Además de ser una pesada carga para los nativos, frecuentemente era cobrado a menores, ancianos e inválidos. Tantas exacciones y atropellos originaron sublevaciones contra el gobierno colonial, la más importante de ellas fue la de Cusco en 1780, encabezada por Túpaj Amaru II, que estuvo conectada con la que se produjo en La Paz en 1781 liderada por Julián Apaza, conocido como Túpac Katari. Ambas fracasaron y sus líderes fueron descuartizados. Por esos motivos, es destacable el hecho que la Revolución paceña de 1809 hubiera dado voz y voto a los indígenas, aglutinando a todos los habitantes para enfrentar al opresor común, que numéricamente era una minoría.

Uno de los puntos más novedosos del Plan de Gobierno fue el 9, que expresa la decisión de incorporar al “congreso representativo de los derechos del pueblo” a un indio por cada

provincia. Pensando en una alianza interclasista, la Junta buscó una coincidencia de intereses de todos los estamentos sociales, incluyendo a indígenas y europeos, con el objetivo de que se levantasen contra el dominio español y se adhiriesen a la Revolución.

En el mismo punto se dispuso un trato respetuoso a los nuevos representantes: “En el acto mismo en que se efectúe su elección, el subdelegado lo tratará con la mayor distinción, dándole asiento en el Cabildo y le hará entender los objetos de su comisión, y lo auxiliará como corresponde a su representación para que se conduzca a esta ciudad, y en el acto que se presente a este pueblo. V.S.M.I., lo tratará con el aprecio y honor que se debe”. Los 10 puntos se aplicaron.

Proclama

Hasta aquí hemos tolerado una especie de destierro en el seno mismo de nuestra patria. Hemos visto con indiferencia por más de tres siglos sometida nuestra primitiva libertad al despotismo y tiranía de un usurpador injusto que degradándonos de la especie humana nos ha reputado de salvajes y mirado como a esclavos. Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez que se nos atribuye por el inculto español, sufriendo con tranquilidad que el mérito de los americanos haya sido siempre un presagio cierto de su humillación y ruina.

Ya es tiempo, pues, de sacudir yugo tan funesto a nuestra felicidad como favorable al orgullo nacional del español. Ya es tiempo de organizar un nuevo sistema de gobierno fundado en los intereses de nuestra patria, altamente deprimida por la política bastarda de Madrid.

Ya es tiempo, en fin, de levantar el estandarte de la libertad en estas desgraciadas colonias adquiridas sin el menor título y conservadas con la mayor arrogancia y tiranía.

Valerosos habitantes de La Paz y de todo el imperio del Perú, relevad nuestros propósitos por la ejecución; aprovechaos de las circunstancias en que estamos, no miréis con desdén la felicidad de nuestro suelo, ni perdáis jamás de vista la unión que debe reinar en todos, para ser en adelante tan felices como desgraciados hasta el presente.

(Foto)
La procesión de la Virgen
Como todos los años, el acto religioso comenzó en el templo de Santa Teresa y llegó hasta la cuesta de las Concebidas. El regreso se hizo por la calle Comercio y la Plaza Mayor. A las 19.30, los revolucionarios, que habían aprovechado la jornada, tomaron el Cuartel de Milicias.  

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